Para cualquier profesión u oficio, hay una meta que define la técnica a seguir. Si el objetivo es ganar un campeonato de fútbol, los miembros del equipo tendrían que entrenarse física y técnicamente para ello. Si el objetivo fuera curar a una persona, el prospecto de médico tendría que aprender las técnicas que le permitieran mitigar un mal. Así de sencillo.
Pero si preguntamos ¿Cuál es el entrenamiento que debiera tener un político? la respuesta deja de ser simple.
La razón por la cual hablar sobre lo que hacen los políticos se torna un área gris, se debe a la dificultad que tenemos para definir el para qué sirve un político.
Para el grueso de los mexicanos el político se asocia a una figura “parasitaria”. De acuerdo a múltiples encuestas sobre la percepción de los ciudadanos en torno a las instituciones políticas, cerca del 70% de los mexicanos le genera desconfianza un “político”, cifra casi a la par con la desconfianza que generan los cuerpos policiacos.
¿Es injusta esta calificación?
La figura clásica de un político, entre ellos los hidalguenses de la vieja guardia, se centra en la forma y no en el fondo. Pareciera que nuestros políticos y estadistas confunden la “grilla” con la política; el “cáeme bien” con el estadista. De ahí, que el clásico entrenamiento sea el de ir formando camaraderías y complicidades desde la escuela, las cuales van desde la “organización estudiantil” hasta el porrismo.
Al pasar de los años, las facturas por cobrar de la juventud se traducen puestos de medio pelo en el gobierno local, que si se combinan con ciertos compadrazgos, pueden llevar al “prospecto” a un ejercicio de reciclaje político.
Asistir a eventos, aprender a decir mucho sin decir nada, hermanar a cuanto desconocido y bautizar a cuanto niño se deje, es parte del protocolo. El mensaje estructurado con ideología y visión, es sustituido por la retórica y mucha barbacoa.
La banalidad y la capacidad para acarrear masas se convierte en la prueba de fuego. Después de esto, nuestro aprendiz de gobernante está listo para una diputación, senaduría, secretaría o si se puede más, por qué no.
Thomas Jefferson escribió en el siglo XVII “las instituciones políticas, son creaciones humanas que deben afinarse para contribuir a satisfacer las necesidades de la población.” En este sentido “las instituciones políticas no deben mantenerse simplemente por designación divina (monarquía) o autoritaria (dictadura), sino por su desempeño. Si un gobierno es incapaz de mejorar las condiciones de su sociedad y mejorar la condición humana, no existe justificación para mantenerse.”
Bajo esta premisa, el entrenamiento de nuestros políticos está errado. Nuestros políticos, más que nadie, deben desarrollar un sentido crítico de sus acciones y estar sujetos al minucioso escrutinio público. Deben aprender a ser administradores de los recursos públicos y por ende, a dar resultados. Deben reconocer que son contratados por la sociedad y que ante su falta de capacidad para ejercer su encomienda, deben aprender a ceder el puesto a quien realmente pueda hacerlo.
De lo contrario, seguiremos teniendo políticos con el síndrome del “té de manzanilla” que a todos les cae bien, pero nadie sabe para qué sirve.
http://ideasporhidalgo.blogspot.com/
Pero si preguntamos ¿Cuál es el entrenamiento que debiera tener un político? la respuesta deja de ser simple.
La razón por la cual hablar sobre lo que hacen los políticos se torna un área gris, se debe a la dificultad que tenemos para definir el para qué sirve un político.
Para el grueso de los mexicanos el político se asocia a una figura “parasitaria”. De acuerdo a múltiples encuestas sobre la percepción de los ciudadanos en torno a las instituciones políticas, cerca del 70% de los mexicanos le genera desconfianza un “político”, cifra casi a la par con la desconfianza que generan los cuerpos policiacos.
¿Es injusta esta calificación?
La figura clásica de un político, entre ellos los hidalguenses de la vieja guardia, se centra en la forma y no en el fondo. Pareciera que nuestros políticos y estadistas confunden la “grilla” con la política; el “cáeme bien” con el estadista. De ahí, que el clásico entrenamiento sea el de ir formando camaraderías y complicidades desde la escuela, las cuales van desde la “organización estudiantil” hasta el porrismo.
Al pasar de los años, las facturas por cobrar de la juventud se traducen puestos de medio pelo en el gobierno local, que si se combinan con ciertos compadrazgos, pueden llevar al “prospecto” a un ejercicio de reciclaje político.
Asistir a eventos, aprender a decir mucho sin decir nada, hermanar a cuanto desconocido y bautizar a cuanto niño se deje, es parte del protocolo. El mensaje estructurado con ideología y visión, es sustituido por la retórica y mucha barbacoa.
La banalidad y la capacidad para acarrear masas se convierte en la prueba de fuego. Después de esto, nuestro aprendiz de gobernante está listo para una diputación, senaduría, secretaría o si se puede más, por qué no.
Thomas Jefferson escribió en el siglo XVII “las instituciones políticas, son creaciones humanas que deben afinarse para contribuir a satisfacer las necesidades de la población.” En este sentido “las instituciones políticas no deben mantenerse simplemente por designación divina (monarquía) o autoritaria (dictadura), sino por su desempeño. Si un gobierno es incapaz de mejorar las condiciones de su sociedad y mejorar la condición humana, no existe justificación para mantenerse.”
Bajo esta premisa, el entrenamiento de nuestros políticos está errado. Nuestros políticos, más que nadie, deben desarrollar un sentido crítico de sus acciones y estar sujetos al minucioso escrutinio público. Deben aprender a ser administradores de los recursos públicos y por ende, a dar resultados. Deben reconocer que son contratados por la sociedad y que ante su falta de capacidad para ejercer su encomienda, deben aprender a ceder el puesto a quien realmente pueda hacerlo.
De lo contrario, seguiremos teniendo políticos con el síndrome del “té de manzanilla” que a todos les cae bien, pero nadie sabe para qué sirve.
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