Segunda parte
Un partido de futbol lo gana el que mete más goles. Si no hay goles, de nada sirve el resto. Así de simple es la lógica que también debiera imperar en la política pública en Hidalgo. Si la nueva administración no logra mejorar las condiciones de vida de los hidalguenses, de poco servirá lo demás.
La semana pasada comentábamos que un compromiso real que debiera asumir la próxima administración es el de llevar el ingreso de los hidalguenses cuando menos a la media nacional. Lo anterior implicaría que, si el resto de las entidades se mantienen igual, al cierre de la próxima administración, en promedio cada hidalguense gane 46 mil pesos más al año.
Fijar una meta de este tipo va más allá de un compromiso político, es un indicador funcional.
Como lo hemos comentado, de nada nos sirve construir más carreteras, escuelas, hospitales o puentes, si no son acciones que le van a generar un impacto real al individuo. Esto es, se requieren de acciones que fortalezcan el sistema económico, para que los hidalguenses puedan tener a su alcance un mayor número de oportunidades que les permita mejorar su calidad de vida.
Desde esta óptica, se debe empezar con el fortalecer el capital humano de los hidalguenses, el cual permitirá generar oportunidades de crecimiento y al mismo tiempo, aprovecharlas.
Los retos y metas en esta materia deben ponerse en blanco y negro.
De entrada, los avances no deben medirse como suele anunciarse en los discursos -número de escuelas nuevas u hospitales inaugurados-. Las metas deben estar ligadas a impactos que se traduzcan en beneficios concretos a las familias hidalguenses.
En este sentido, se podrían fijar tres metas concretas.
La primera, es hacer redituable la educación de los hidalguenses dado que hoy en día no lo es. Actualmente, el nivel de escolaridad promedio es de 7.4 años de acuerdo al INEGI. Desafortunadamente, este nivel de escolaridad no le genera un retorno positivo ni al individuo ni a Hidalgo.
De acuerdo al Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO), para que la inversión que hace la sociedad tenga un retorno positivo, se requiere que en promedio tengamos 15 años de educación. En este sentido, requerimos duplicar la escolaridad promedio y llevarla hasta el nivel en donde le genere ganancias a la población.
Pues de lo contrario ¿De qué sirve que estemos egresando estudiantes que lo que ganen no compense el gasto en educación que hicieron?
El segundo, tiene que ver con la calidad educativa. Sobre este aspecto, tenemos que pasar de indicadores como el índice de reprobación, por avances en pruebas estandarizadas como ENLACE (en la que en promedio nos encontramos por debajo de la media nacional) o la prueba PISA.
En ambos casos se puede argumentar que es un problema de dinero, pero la realidad nos muestra que no es así. Los datos de la prueba PISA revelan que gastamos por alumno montos similares a los de Rusia y Bulgaria. Sin embargo, estos países tienen un 7% de sus estudiantes en los niveles más altos en las pruebas de matemáticas, mientras que nosotros este porcentaje es menor al 1%.
El tercer punto está relacionado con la generación de valor de nuestra educación, el cual abordaremos la próxima semana.


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